sábado, 1 de diciembre de 2007
jueves, 18 de octubre de 2007
miércoles, 5 de septiembre de 2007
S.Sebastián
Era enero y el día de mi cumpleaños. Dejaba de tener quince años. Estábamos lejos de nuestro país, aunque éste se convertía en uno nuevo y tal vez, propio. Llovía y junto a mi hermano Sebastián, esperábamos. Brindamos los cuatro por mis dieciséis, mientras almorzábamos -me parece que unos platos de pastas o quizás, más probablemente, algún arroz con mariscos compartido. Hoy, por ser un día especial, podíamos gastar algunos billetes de más. Era un barcito chiquito. Cálido como también lo era esta ciudad, a pesar del frío. En verano debía ser bastante caluroso. Las playas -seguramente- se deberían inundar de gente: algunos nadarían, otros se quemarían los pies -pero correrían hasta sus coloridas sombrillas-, varios armarían sus castillos de arena.
Con mi hermano soñábamos, días antes de llegar -en algún tren-, con alguna casa de vacaciones, con alguna mudanza hacia aquel lugar. O quizás con algún castillo de arena.
Bajamos del tren y caminamos bajo la lluvia por una callecita angosta. Tomamos un té bien caliente en el camino. Desde que pusimos nuestro primer pie derecho en la estación, esperábamos. Caminábamos y pensábamos en inundarnos de algún próximo verano. Unos momentos antes del brindis, dejamos las mochilas en el hostel. Por alguna razón no me acuerdo de la fachada de ése.
El hostel estaba completamente vacío. Y sí, ¿quién vendría a tomar frío? Nosotros porque esperábamos, en ese único día, conocer lo que alguna vez nos prometieron contar. Salimos de Buenos Aires con un itinerario. Todo era claro, unos días en cada lugar, en cada ciudad. En uno, el de los crepes, más días porque lo elegí yo: dejaba de tener quince años y esa era la razón. Pero estas playas eran raras. Un lugar cálido en invierno, pero sólo un día y sin aventuras. Sin ninguna idea de las visitas para hacer.
La iglesia estaba cerrada. Sólo algunos bares y hoteles en movimiento. Llovía y los habitantes decidían quedarse junto al fuego en sus casas.
Con tenedor en mano, nos mirábamos -mi hermano y yo. Ellos, en cambio, parecían disfrutar de aquella ventaja. Comían. Terminaban sus mariscos y luego venía lo dulce, un buen panqueque de dulce de leche. Nosotros de postre preferíamos la sorpresa, pero se hacía esperar. Moríamos por comerla y saborearla. Por correr al frío de la playa y tirarnos en la arena. Quizás, tomar valor y diseñar nuestro castillo. Pero hasta que aquella noticia no fuera clara, debíamos comer lo dulce y esperar. El postre, lentamente, fue volviéndose un tanto agridulce. A medida que pasaba el tiempo, un poco y un poco más amargo. Nosotros -con mi hermano Sebastián- no nos perdíamos de vista, hipnotizados, con los dedos tensos. Nuestros pies, bajo la mesa, golpeándose cada vez con más fuerza. Sospechábamos que la arena dejaba de ser cálida y, en cambio, blanca y fría. Tan fría que era nieve.
Con lo dulce anclado en la garganta, dejábamos el caluroso bar. Las caras no eran- claramente- de cumpleaños. Ella, nos dejaba -con alguna mala excusa- junto a él. Él, parecía volverse violeta y no del frío. Creo que miré sus manos y temblaban. Nos miró y empezó con un discurso incoherente: algo de unas zapatillas. Nosotros queríamos la sorpresa. Aunque -a decir verdad- ya me asustaba aquello. Seguía lloviendo y hacía demasiado frío. Yo odio el frío.
Después de zapatillas, de vueltas por angostas calles, de pasar por la iglesia -de querer entrar y que siguiese cerrada-, de temblar junto a él y de volverme violeta del miedo; llegamos al hostel. Evidentemente, la sorpresa llegaba a su fin. No queríamos castillos, no queríamos frío. Yo, por lo menos, quería escupir ese puntual amargo panqueque.
Mi hermano lo abrazó fuerte, tan fuerte que yo corrí al baño. Por suerte, el hostel estaba completamente vacío y aquel baño compartido, desocupado.
Sólo estábamos un día, no teníamos castillo, tampoco arena. Entendía, pero no entendía. Trataba y hacía fuerza, como mi hermano. Las cosas no estaban claras, por lo menos no tanto como creí que iban a estar.
No hubo castillos, pero en algún otro viaje, comeré el panqueque con mi hermano Sebastián.
Fugaz y vivaz
Los de arriba son
de él (no él).
Comía, él, todas las almendras con azúcar, acarameladas. No creo que la elegancia fuera su mayor destreza. Su arte en potencia. No paraba. Quién sabe por qué las comía de esa manera, por qué a tal velocidad. No creo estuviese nervioso. Era un a tras otra, pero su cara no hablaba de nervios. Más bien eran como impulsos, casi- diría- inclusive saltando. Simplemente comía fugaz y vivaz, con ansias a terminar. Luego- capaz- se compraría otra bolsita. Las devoraba. Se encontraba, allí, parado junto a la puerta. Sus piernas duras, sus muslos no se movían: no tiritaban.
Era digno de ser visto.
Esos rulos gigantescos al viento- aunque no hubiese. Un mero roce con cualquiera que por allí pasara, hacía que sus lindos pelos se sacudieran con éxito. Rulos que de a poco se acaramelaban; eran largos y rubios, tal vez casi pelirrojos.
Si alguna almendra acariciaba su pelo, se adhería sin dudarlo en aquellos. Suena asqueroso, pero en conjunto, conformaban una escena: era hasta casi sensible aquella situación, lo que ella provocaba. De a poco, todo se iba acaramelando. Primero eran sólo las almendras (aunque antes había visto otras aún más acarameladas); lentamente esos rubios se teñían. La punta de ellos, luego hacia el medio. Su pelo no era más, rubio.
No sé si habría alguien más, observando la escena.
sábado, 1 de septiembre de 2007

Henri Cartier Bresson – Salerno Francia- 1953
Invisible blanco de la pérdida, de alguna escondida.
Del sorpresivo encuentro y de la desilusión más grande.
Circular, falsamente encuadrada, dividida, fraccionada.
Juegos quiméricos. Siluetas perdidas, encuadradas. Encuadradas por todo lo que quedó adentro. Y todo lo que está por fuera.
Combates de aquella silueta, entre aquel juego, por algún sueño.
lunes, 6 de agosto de 2007
Phoebe Josephine
Espero poder confiártelo todo…
Phoebe Josephine Caulfield
Phoebe Josephine
Phoebe
Holden D. Caulfield
P. Joven
Hoy.
Hoy. A mi hermano como padre. Mi guardián.
Sabe cómo despertarme, o solo el hecho de que me despierte (él) ya me gusta, ya es él. Gorra color rojo tomate, cazador. Me da un poco de miedo esa palabra, pero si es él el cazador me deja un poco más tranquila. Me escondo atrás y se me va el miedo. Ojalá estuviese siempre.
Hoy soy Phoebe Josephine, porque no me importa pensar en un nombre, porque no tengo tiempo de eso. Porque hoy me desperté diferente. “Despierta, Phoebe”. ¡Holden! Necesité- por necesidad- abrazar. Abrazarlo. Apretujar (con mucha fuerza, con la que pude) a mi p. joven. A mi protagonista. A mi inspiración. A mi improvisación (como me enseñaron en teatro del colegio). La verdad es que me sorprendió, no lo esperaba (quería que viniese, siempre quiero).
Ya me cansé de ser la traicionera del país, o de la función, que me odien. Pero soy la protagonista.
Por suerte todo lo que soñé no pasó (espero que nunca pase), hablo del sueño de hace dos noches.
Bailé, ¡y con él! Lo llevamos en la sangre, eso me dice siempre. En realidad, él lo lleva en la sangre y yo me estoy entrenando, estoy practicando para ser como él.
Pero, por mala suerte, el baile terminó (quería que fuese para siempre). Se terminó porque llegaron los mayores, por la llegada que era esperada. Era como si Holden estuviese metido en un lío bárbaro, horrible, asqueroso (que a mi me daba miedo); como apresado en un crimen, en alguno. Que seguro no era culpable. Debía hacer silencio, para no ser descubierto. Fumaba, seguro porque estaba nervioso. El silencio y el cigarrillo me daban miedo, por eso solo le decía que papá lo iba a matar. Ojala nunca lo mate. Y porque cuando empiezo con algo es como si me hipnotizara, no puedo parar. Yo lo ayudaba, lo encubría. Porque lo quiero y porque me daba miedo (no él, sino todo lo demás). Miedo a que por cualquier equivocación pasara algo terrible (como sucede en las películas). Que por una mala casualidad mi p. joven no estuviese más, como Allie.
A veces me gustaría tener un pez y no prestárselo a nadie, solo a mi Holden.
Le di mi plata. Es Navidad.
Lo voy a cuidar, voy a aprender a bailar como él. Voy a buscar un mapa.
domingo, 5 de agosto de 2007
...
traer- retrotraer
retratarse
representar la extraña relación
pretensión- transformación
teatralización- interpretación
tiempo
tiempo abolido
pérdida de tiempo
temporalidad: circularidad
el instante
meta metáfora
montaña caminante
en sí misma
escoltada, paso a paso, por su sombra
lo doble, el doble, de uno, del yo
extraño
otro
múltiple
máscaras suspiradas
máscaras
ocultamiento disfrazado
fijeza inmutable
identidad de altura
fuerte elevación del azar
desprevención
revuelo
a pies de altazo
rayos, torbellinos- involuntarios-
de sensaciones: libertad, poderío
creencia de ser otras personas- encuentros
rostro como máscara de piedra
tiembla el cielo
viento
espectrales abismos
¡Cuídense de escupir contra el viento!
Canto VI
lento lenta
Al azar del cristal ojos
Nombres daba
por los ojos hojas mago
Alto alto
Va viajando Nudo Noche
Me daría
cristaleras
tanto azar
y noche y noche
Apoteosis
Que tenía cristal ojo cristal seda cristal nube
La escultura seda o noche
Lluvia
Iluminando negro
Puerta hacia ideas estatuarias
Tanto cielo que levanta
Señor cielo
cristal cielo
Y las llamas
y en mi reino
la tormenta
Ancla cielo sus raíces
El destino tanto azar
Se desliza deslizaba
Apagándose pradera
Por quien sueña
Lunancero cristal luna
El que sueña
El que reino
de sus hierros
Ancla mía golondrina
tan obscuro
tan color
Tan estatua y tan aliento
V. Huidobro, Altazor
(se ordena sólo)
PREGUNTAS DIEZ
1 ¿Qué tan parecida es Ludmila a mis fotografías? (La fotografía supone el retrato más parecido al modelo, al representado)
2 ¿Cuántas máscaras tendrá? ¿tantas? ¿muchas? ¿múltiples? (la conformación de la identidad)
3 ¿La sombra como misterio? ¿Cuán fantástico (en relación a la ilusión, espectro) es el retrato de Ludmila?
4 ¿Por qué tan rápidamente la vi sobre, arriba de una estatua, a lo alto?
5 ¿Es Ludmila capaz de pelear con (contra) un león?
6 ¿Cuánto de su retrato hay en el mío?
7 ¿Es la formación de su retrato resultado del entrecruzamiento entre ella y yo (entre nos-otras)?
8 ¿Cómo realmente ella se representaría? ¿Cómo quiere que la vean?
9 ¿Cuánto hay de coincidencia (de destino), de coexistencia entre Altazor, azar, alto, altura?
10 ¿Por qué pienso tanto y veo seguido lo doble, lo imitable, la repetición, el dos?
(y el por qué de la elección de las parejas también me inquieta)
domingo, 22 de julio de 2007
viernes, 13 de julio de 2007
miércoles, 27 de junio de 2007
jueves, 7 de junio de 2007
miércoles, 6 de junio de 2007
domingo, 3 de junio de 2007
Florete inoxidable 500 gramos



florete-flexible- acero- inoxidable- 500 gramos- 90 centímetros
espada- arma blanca- recta- cortante- punzante
arte de defensa y ataque
1977- Buenos Aires
audacia
agilidad
inteligencia
versátil
engaño
escapismo
equilibrio
piruetas
convenciones- no tocado doble
gato- tengo un gato- lo entiendo- a cualquier árbol- a cualquier estatua- escultura
Child with Toy Hand Grenade in Central Park
un pie acá- la mano allá- ¿así?
espadachín
quiero llorar- me peleo con la tierra
león
centauro- Folo- Quirón
escalera
escalofrío
pesadilla- quimérica calle
un regalo
domingo, 27 de mayo de 2007
Ludmila
Una silueta que compone cada instante, es un momento estático. Situación de soledad por donde, en realidad, pasan miles. Es la suspensión y una simple desolación. Es misterioso y, un claro enrollo.
Ella espera que exista algún lugar en el tiempo que nunca cambie. Sube a lo alto y es ahí donde confía sus secretos. Intenta volar y aguantar la respiración.
Se tilda, no mira hacia ningún lado y mira hacia todos lados. Se le deforman algo los ojos y cree ver al perplejo león. Esgrime. No tiene miedo, sabe que puede luchar contra él y también, triunfar. No están encerrados.
Ella es una adicta al extremismo y al violeta. Todo es gigante y además, quiere serlo.









